Epílogo.
Narra Jeremiah:
Levanto la mirada para ver a Teresa parada en la puerta, con un vaso de café en la mano y una bolsa de donuts en la otra. Le sonrío sin mucho ánimo y se acerca hasta mí.
—Hola, pequeño. ¿Cómo estás? —pregunta, haciendo entrega de su ofrenda comestible, la cual agradezco mucho.
—Ahí vamos, el doctor ha dicho que despertaría en cualquier momento, pero lleva casi veinticuatro horas inconsciente —digo, preocupado.
Ella me pone la mano en el hombre y me masajea suavemente para darm