Amaranta quería irse a su habitación, pero sintió que una mano la tomó; era Enrique.
Ella se liberó como si èl la quemara.
—¡No me toques!
—Hablemos, por favor.
—¿Hablar? ¿De qué? ¿De cómo ahora tienes a una mujer embarazada? ¿De qué eres infiel? ¿De qué hablaste de amor, pero solo eres un traidor? Dime, ¿de qué hablamos?
Enrique la soltó, nunca algo le dolió tanto como la mirada que su niña bonita le dedicaba; negó.
—No soy así contigo, Amaranta, no lo entiendes, no amo a ninguna de esas mujere