—¿Qué dices, hija? ¡No puede ser! No pueden divorciarse, ustedes se aman.
—Abuelo, el amor se acabó.
Jerónimo estaba tan triste, y Helena fue a abrazarlo.
—Vamos, abuelo, te llevaré a dormir.
Jerónimo solo asintió, se sentía débil, los años lo habían golpeado con dureza, y se sentía mal justo ahora.
—¿De verdad te vas a divorciar, Mia?
Ella asintió.
—Esto se acabó, Luca —dijo con la mirada borrosa por las lágrimas contenidas—. He hecho tanto por Arturo, he esperado por su amor, y lo que èl hizo,