Pero Windy permanecía de pie, erguida, con una expresión que no mostraba pánico. Sus ojos miraban la cifra en la pantalla de la caja sin parpadear.
—Win, en serio —susurró Lily con más urgencia—. Cinco mil seiscientos dólares. Es una locura. No puedes...
Fenita, que ya se había levantado del suelo y se había arreglado el vestido roto, caminó hacia el mostrador de caja. Sus ojos, aún enrojecidos por el llanto, ahora brillaban con una nueva victoria.
—¿Ya viste el precio, hermana? Cinco mil seisc