Mientras Fenita chillaba de dolor en un rincón de la sala, Windy seguía sentada, tranquilamente, en el sofá, disfrutando de su comida. Cogió otro pollo frito de la bolsa de plástico y empezó a comérselo con avidez. Sus ojos no miraron ni una sola vez hacia Fenita, que estaba siendo torturada. Para ella, los gritos de Fenita no eran más que un ruido de fondo, que no le molestaba en absoluto el apetito.
Pero, después de unos minutos, los gritos de Fenita empezaron a sonar cada vez más desgarrador