“¡¿Dilly?!”. Escuche la vocecita de mi hermano, sacándome del pasado y trayéndome al presente. Giré mi cuerpo para verlo de pie en la puerta de la cocina. Llevaba un lápiz de color en la mano derecha, pero pronto cayó al suelo con un ruido sordo y corrió hacia mí.
Me moví por instinto y extendí los brazos para abrazarlo, arrodillándome para poder estrecharlo más fuerte. Lo abracé con fuerza, aterrorizada por la idea de que si lo dejaba ir nunca lo recuperaría. Mi hermano pequeño.
Había crecido