El cielo gris se extiende hasta donde la vista alcanza, cubriendo por completo el sol. Sentada desnuda sobre una roca, la lycan no se inmuta por el frío; de hecho, el contraste le agrada, permitiéndole despejar su mente.
Observa los copos de nieve caer y deshacerse al tocar el suelo. Sus ojos, generalmente duros e intimidantes, están perdidos en el vacío. El silencio del bosque solo es interrumpido por el sonido lejano del viento. En el suelo, al lado de la roca en la que está sentada, descansa