“¿Cincuenta dólares?”. Ethan tragó saliva. Sus ojos color café se abrieron de par en par mientras miraba los ojos color miel de Ostana, quien se limitó a sonreír y a extender la mano, lista para recibir el pago. Me reí mientras mis ojos se desviaban entre ellos. “Te juro que dijimos veinte”.
“Nop”. Ella hizo el sonido de la “p”. “Cincuenta”.
“Sabes, eres mezquina”, refunfuñó Ethan mientras colocaba con fuerza un par de billetes en la mano abierta de Ostana y le sacó la lengua. Ella lo imitó d