DARIAN
Una semana. Había pasado solo una maldita semana desde que firmamos la Diarquía, y mi cuerpo ya se sentía como una caldera a punto de estallar.
El vínculo no era una simple conexión mental; era un lazo de fuego pegado a mis huesos. Pero esa tarde, el calor se volvió insoportable. Un dolor punzante y ajeno me atravesó el pecho, haciéndome caer de rodillas en medio del patio de entrenamiento de Nightbane.
No era mi dolor. Era el de ella.
«Está sufriendo», la voz de Fenrir retumbó en mi men