El silencio en el despacho de la manada Blackwood era denso, pesado como una tormenta a punto de estallar.
Aiden caminaba de un lado a otro frente al ventanal, con la mandíbula apretada y los brazos cruzados, mientras Kaia terminaba de servir tres tazas de té amargo. La noticia de la escena en la fiesta de los Silverwood ya corría como pólvora entre las líneas de comunicación de los Betas.
—Silverwood va a convocar a los ancianos —sentenció Aiden, deteniendo sus pasos para mirarme directamente—