Entre el odio y el amor: La Diosa Luna
Entre el odio y el amor: La Diosa Luna
Por: Alessa Coldbrook
CAPÍTULO 1: El peso de la corona

LYRA

La madera del centro de entrenamiento crujió bajo el peso de mis botas. Tenía diecisiete años, los nudillos rojos bajo los vendajes de boxeo y el cuerpo ardiendo en sudor, pero me negaba a parar. Faltaban exactas cuatro horas para la medianoche. Cuatro horas para cumplir los dieciocho años, asumir oficialmente el liderazgo de la Manada Blackwood —siguiendo la tradición al igual que mi padre antes que yo— y descubrir qué pareja tenía preparada la Diosa Luna para mí.

—Estás dejando la guardia izquierda expuesta, enana —resonó una voz profunda, grave y exasperante desde el marco de la puerta.

No necesité girar la cabeza. Conocía esa voz mejor que a mi propio instinto.

Darian Nightbane.

Ahí estaba el Alfa de la Manada Nightbane. A sus veintidós años, vestía como solía hacerlo cuando venía de una reunión con los ancianos: traje oscuro, impecable, la corbata ligeramente desajustada y esa aura de poder absoluto que venía con el cargo que asumió al cumplir los dieciocho.

Con toda la manada era el líder implacable, disciplinado, estratégico y respetado.

Conmigo... era el mismo dolor de cabeza inmaduro y provocador de siempre.

—Nadie pidió la opinión de un Nightbane —respondí sin detener mis golpes contra el saco pesado, apretando la mandíbula—. Vuelve a tus asuntos de Alfa, Darian.

—Te la doy de regalo de cumpleaños por adelantado —dijo, dando varios pasos lentos hacia el centro de la sala. El eco de sus pisadas transmitía una dominancia calculada—. Por cierto, ya era hora. Pensé que te quedarías enana para siempre.

Me detuve en seco. Me giré sobre mis talones para encararlo, respirando con dificultad, y le sostuve la mirada verde oscuro con la mía. Teníamos una guerra no declarada desde hacía diez años, y la memoria de nuestro primer enfrentamiento me quemó la mente.

—Al menos a mí la Diosa Luna no me va ha dejar esperando —ataqué con una sonrisa ácida, dando un paso en su dirección—. Cuatro años gobernando tu manada y cuatro años esperando a tu mate, Darian. Debes estar desesperado si vienes a buscar pelea al gimnasio de mi manada.

Las pupilas de Darian se contrajeron. Una sombra cruzó sus facciones, pero no retrocedió. En lugar de eso, acortó la distancia entre los dos hasta que su sombra me cubrió por completo. Con su 1.92 m de estatura, la diferencia física era evidente, pero yo no bajé la cabeza ni un solo centímetro.

—Cuidado, Lyra —musitó con voz baja, rugosa, un susurro peligroso que me erizó los vellos del cuello—. Si la Diosa me envía a alguien con la mitad de tu mal carácter, juro que prefiero gobernar solo el resto de mi vida.

—El sentimiento es mutuo, Nightbane.

«Es peligroso...», susurró de pronto una voz femenina, elegante y salvaje en lo más profundo de mi mente.

Mi loba plateada, estiró sus garras y olfateó el aire de forma extraña.

«Cállate, Nyx», le ordené en mi cabeza. «Es Darian. El sujeto al que le voy a romper la nariz si sigue provocándome.»

«No me pidas que me calle. Su lobo... Fenrir nos está mirando. Siento su presencia arañando la frontera de nuestra mente», replicó Nyx con una inquietud que me heló la sangre.

Miré a Darian a los ojos. Durante un segundo, solo un segundo, el brillo verde de sus pupilas mutó a una oscuridad dorada y salvaje. Su pecho subió y bajó con fuerza, como si acabara de inhalar el aire a mi alrededor. La máscara de autocontrol que solía llevar pareció tambalearse por un segundo.

—Nos vemos a la medianoche en tu fiesta, futura Alfa —dijo, dando un paso atrás y ajustándose los puños de la camisa con una frialdad ensayada—. Intenta no arruinar la noche. Hay diplomacia en juego.

Se dio media vuelta y caminó hacia la salida. Cuando cruzó el umbral, Kai y Elena, sus Betas, lo esperaban al final del pasillo. Aiden y Kaia, mis futuros Betas, aparecieron desde la sombra opuesta para reunirse conmigo.

—Algún día vas a morder más de lo que puedes masticar con ese hombre, Lyra —me advirtió Aiden, cruzándose de brazos mientras veía a Darian alejarse.

—Él empezó —gruñí, quitándome los vendajes de las manos con brusquedad.

Pero por dentro, el corazón me latía a mil por hora. No por miedo a Darian, sino por la extraña tensión que se había quedado flotando en el aire. Faltaba muy poco para la medianoche. Faltaba poco para asumir el liderazgo... y para que el destino por fin hablara.

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