Hacía más de una semana que Brian y Pía se habían casado, y yo no comprendía por qué habían postergado su luna de miel. Era una situación extraña, y ninguno de los dos deseaba hablar conmigo. No quería intervenir en su relación, pero sentía que necesitaban mi ayuda.
Estaba cepillando el cabello de Gabriel mientras Pía me acompañaba. Mi pequeño había tomado un baño hace algunos minutos.
—Ya puedo jugar, mami —me pide Gabriel, y yo asiento. Luego, él sube las escaleras prácticamente corriendo.
—M