Federick
—Federick, estás muy callado. ¿Qué te sucede? —preguntó Helen.
Bajé la mirada, incapaz de articular palabra, al menos no sobre lo que realmente me atormentaba. Helen tomó mi mano y la acarició con ternura.
—Si no te sientes cómodo contándome lo que te pasa, está bien. No te voy a presionar, pero no hace falta ser adivino ni científico para saber que lo que te tiene así tiene nombre propio y es rubia
Suspiré, tragando entero para reunir valor y responder.
—Sí, has aprendido a conocerme,