Bajo la tenue luz, María observó al hombre parado junto a su cama, inclinándose para intentar besarla. Ya fuera por la curva de las cejas y los ojos, o por la expresión de alegría, se superpuso con el fallecido Nicolás.
Sintió escalofríos y su piel se erizó. Incapaz de contenerse, apartó su rostro y dejó escapar un grito sorprendido. Luego levantó la cabeza, con una expresión perpleja, y le preguntó: —¿Quién… quién eres en realidad?
El hombre no respondió de inmediato, en cambio, le sonrió cálid