Me sostuve de la silla para poder tranquilizarme, respiré poco a poco tratando de asimilar todo lo que dijimos, la terapeuta extendió su mano con un pañuelo, tenía unas flores muy hermosas en la esquina.
—Toma, puedes quedártelo, es un obsequio. —me lo dio con una sonrisa de comprensión.
Lo tomé, sequé mis lágrimas y me senté adecuadamente.
—Por favor discúlpenos por eso, nosotros nunca llegamos a los gritos, no entiendo que pudo pasar. —Dije francamente, aunque los trapitos que nos sacamos