Capítulo 42

Las calles de Nápoles eran un hervidero de actividad mientras las familias se preparaban para lo que parecía ser un enfrentamiento inevitable. Los negocios ilícitos que Carlo había tejido a través de la ciudad se habían entrelazado con la vida de tantos, y el poder que ejercía era palpable.

Alessandro y Enzo, con un grupo de hombres leales, avanzaron hacia la casa de Carlo Romano. Las sombras bailaban en las paredes, reflejando la tensión que se acumulaba en el aire. El corazón de Alessandro latía con una mezcla de determinación y ansiedad; estaba decidido a poner fin a esto de una vez por todas.

En el interior, en un despacho adornado con la pompa de un hombre que se consideraba a sí mismo intocable, Carlo Romano trazaba sus maquinaciones con una sonrisa maliciosa. No le temía a Alessandro; de hecho, anticipaba su llegada. Se sentía invulnerable, respaldado

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