Laia
Mis lágrimas no dejaban de salir, los recuerdos de todas las veces que Pol me hizo daño, haciéndome sentir como mierda, todas las noches que lloré sintiéndome la persona más indefensa del mundo vinieron a mi mente. Tal vez tenía razón, yo no tenía por qué estar allí, no debía estar.
—Que ridícula eres —Me mira con asco —No sé por qué lloras, se nota que eres una niña.
Me trato de levantar, pero suelto un quejido, el sol cada vez se ocultaba más, había agarrado un dolor bajo.
—¡Laia! —La v