Contrato

—Acepto. 

Alexander Karlsson mostró una media sonrisa retorcida al escucharla. Se notaba que estaba enteramente complacido de que las cosas hubiesen salido como esperaba. 

—¿Qué te hizo creer que podías rechazarme?—se jactó seguro de que no había forma de que ninguna mujer lo rechazará. Él era Alexander Karlsson, no un tipo cualquiera al que podían ignorar. 

Estela prefirió no decir nada más, no tenía caso renegar de su futuro matrimonio. La decisión estaba tomada y por más que no soportará a aquel hombre, se convertiría en su esposo. 

—Quisiera leer esos papeles—señaló recordando los documentos que se había negado a leer semanas atrás. 

Alexander asintió y sacó de uno de los cajones de su escritorio, la carpeta que contenía todos los detalles sobre el contrato matrimonial. 

La joven tomó asiento en la silla desocupada frente a él, y se dispuso a revisar detalladamente aquellos papeles. Sabía muy bien que debía leer minuciosamente, puesto que no podía confiar en aquel sujeto. Todavía seguía sin entender, ¿qué ganaba él con todo esto? 

«¿Por qué ella? ¿Por qué no una de las modelitos que solía frecuentar?», se preguntó nuevamente, sintiendo un extraño cosquilleo. 

—Aquí dice que el dinero será depositado mensualmente en una cuenta a mi nombre—leyó en voz alta una de las cláusulas del contrato—. Es una buena suma, pero…

—¿Deseas más? 

—No niego que quince mil dólares es una suma generosa, pero ya que no tengo más opción que aceptar, me gustaría recibir un pago más justo por mis servicios. 

Alexander arqueó una ceja, sorprendido por su habilidad para negociar. 

—Muy bien, que sea entonces el doble—accedió. 

Estela pensó en esos treinta mil dólares que recibiría mensualmente y en cómo le servirían para pagar la deuda con aquellos mafiosos. A pesar de que era mucho dinero, no cubría la totalidad del adeudo. 

—¿Por cuánto tiempo durará nuestro negocio?—se atrevió a preguntar, mientras hacía cuentas en su mente. Si se trataba de un año de matrimonio, entonces lograría obtener unos trescientos mil dólares y eso sí que estaba cerca de la totalidad de su deuda. 

—El tiempo que yo determine. 

Los ojos azules de Alexander la miraron intensamente, Estela sintió un ligero temblor en su pierna al darse de cuenta de que estaba a punto de casarse con este hombre. 

—No estoy de acuerdo con usted. Deberíamos establecer la duración de nuestro contrato, es importante—se negó ante aquella cláusula que podría ser contraproducente. 

«¿Qué pasaría si ese hombre decidiera no divorciarse nunca?»

Estela no estaba dispuesta a pasar el resto de su vida atada a él. Sabía que aquello no era un matrimonio por amor, sino una cuestión de negocios. Ella soñaba con algo diferente para el resto de su vida, se veía envejeciendo al lado de una persona que la amara, no al lado de un magnate que la había contratado para desempeñar un papel. 

Alexander pensó en cuánto tiempo sería prudente mantenerse casado, en función de sus planes. Su padre estaba a punto de retirarse completamente del negocio, por lo que estaba decidiendo cuál de sus dos hijos era el más apto para encargarse de la empresa. Él estaba en la presidencia por un periodo de prueba, aunque sus resultados eran muy buenos, sabía que debía de terminar de convencer al resto de los accionistas, quienes tenían sus reservas con relación a su persona. 

Un hombre casado en los negocios, daba la imagen de seguridad que aquellos viejos encorbatados tanto necesitaban, además de demostrar que ya no era un chiquillo, sino un hombre enteramente centrado. Era por eso que había elegido casarse con esta mujer, una mujer sencilla, muy diferente a las modelos que solía frecuentar. 

Estela daba la imagen de esposa abnegada, una mujer humilde que no llevaría a la quiebra a la empresa por sus constantes inyecciones de bótox. En resumen, era una esposa económica.

—Un año—decidió luego de pensarlo durante un rato. 

Él tampoco tenía la intención de pasar casado con ella por mucho tiempo. Le gustaba su soltería y la libertad de hacer lo que quisiera siempre.

—Hay una cosa más—señaló Estela. 

—¿Te escucho?

—No quiero verme obligada a…—un rubor intenso se dibujó en las mejillas de la joven—. Ya sabe—se calló torpemente. 

—¿A…?—la apremió Alexander, con un gesto divertido. 

—A… a cumplir con las obligaciones maritales. 

—Ya te lo dije antes. No eres mi tipo. 

Estela se sintió ofendida una vez más. 

—Perfecto. Usted tampoco es el mío. 

—¿Es todo? 

De repente, Alexander parecía querer echarla de la oficina. 

—Aún no termino, señor Karlsson. En cuanto a sus aventuras—hablo con seguridad—. Le pido que sea discreto. Odiaría que mi nombre estuviese en todas las revistas, porque usted no supo ocultar sus infidelidades del ojo público. 

—Muy bien. 

El hombre no negó que le sería infiel, por lo que Estela se sintió profundamente arrepentida de lo que hacía. Estaba a punto de casarse, casarse por dinero, en un matrimonio que sería una completa mentira. Jamás se imaginó que su matrimonio sería de esa forma, siempre pensó que se casaría con la persona que amara, pero ahora…

—Tú también, Mancini. Sé discreta—con eso Alexander dio por concluida la conversación. Al parecer no le importaba si tenía un amante o no.

Estela recogió los pedazos de su dignidad y asintió. 

—Es todo. 

—Firma—ordenó el hombre regresando su mirada al computador como si no acabarán de hablar de algo tan importante.  

Estela firmó el documento que representaba su condena y, de esa forma, abandonó la oficina sin imaginarse lo que le esperaba. 

Cuando la joven llegó a su edificio, un camión de mudanza estaba estacionado en la entrada. 

Estela no le dio importancia, pero a medida que subía los escalones que la llevaban a su piso se encontró con un par de hombres que transportaban cosas que ella pudo reconocer muy bien. 

—¡Oiga, eso es mío!—se sorprendió al ver su maleta color lila. Sabía que era la suya, porque tenía un sticker que ella misma se había encargado de poner. 

—Hermana—la voz de Amelia se escuchó, mientras bajaba apresuradamente los escalones. 

—¿Qué está sucediendo?

—¿Eh?

La jovencita no entendió su pregunta. 

—Hermana, ¿acaso tú no mandaste a estas personas?

—Claro que no. 

En ese instante, el teléfono de la mujer sonó. Estela contestó la llamada, percatándose de que se trataba de Alexander: 

—Recoge lo más esencial. Te mudarás hoy—ordenó.

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