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Capítulo 6. Después de tres años.

Amanda había pasado tres años deseando sentirse amada, tocada y vista por su propio marido.

Tres años en los que Víctor solo la había mantenido como un hermoso trofeo, durmiendo en habitaciones separadas mientras le daba su tiempo, su atención y hasta un hijo a otra mujer.

Y ahora, envuelta en las sombras de esa habitación de hotel, la cruda y ardiente realidad superaba con creces cualquier fantasía solitaria que hubiera podido armar en su cabeza.

Víctor estaba completamente extasiado.

El sabor de la piel de Amanda, la forma en la que su cuerpo temblaba y se arqueaba buscándolo, cómo se derrumbaba contra las sábanas blancas después de cada caricia... todo era exquisitamente adictivo.

—A todas estas... no me has dicho tu nombre —murmuró ella de repente.

Tenía la voz áspera, la respiración entrecortada y las manos aferradas a los hombros desnudos de él, justo cuando Víctor volvió a hundirse en su interior con un empuje profundo, seguro y feroz.

Él se detuvo una fracción de segundo, sintiendo el calor húmedo de ella atrapándolo por completo.

—Carlos —mintió sin dudar. Su propia voz sonó extraña, irreconocible por el nivel de deseo que le quemaba la garganta y le oprimía el pecho.

—Carlos... —repitió ella en un susurro ardiente, como si probara el nombre en su lengua—. Sigue... sigue penetrándome así, Carlos —jadeó, clavando las uñas en la espalda ancha del hombre, perdiéndose por completo en la ola de placer que amenazaba con ahogarla.

Al escucharla gemir ese nombre falso, a Víctor se le nubló la vista por un instante. Una punzada de celos le atravesó el estómago.

Era una mezcla venenosa, absurda de celos irracionales y excitación.

¡Estaba celoso de sí mismo! Le ardía la piel al saber que su esposa, la intocable señora Grimaldi, se estaba entregando con una pasión desmedida a un absoluto extraño.

La embistió con más fuerza, empujado por un instinto primario y salvaje para follarla duro, de hacerle sentir en cada poro de su piel a quién le pertenecía realmente, aunque ella creyera estar en los brazos de un amante pasajero.

—Hazme sentir como una mujer deseada, Carlos... —le suplicó ella al oído, entregándose por completo al ritmo frenético de sus caderas, rompiendo cualquier barrera que le quedara.

En medio de esa oscuridad, la barrera del pudor, esa misma que la alta sociedad, las apariencias y su estricta educación le habían impuesto toda la vida, se hizo polvo en un segundo.

Amanda se sentía libre, audaz, dueña de su propio cuerpo por primera vez en veinticuatro años.

Se deslizó un poco sobre el colchón, rompiendo la mínima distancia que los separaba, y lo miró a través de la penumbra con una chispa de fuego que Víctor jamás le había visto.

De pronto, ella olvidó cualquier rastro de vergüenza. Acarició con atrevimiento el pecho endurecido del hombre, bajando sus manos por su abdomen.

—¿Qué quieres que haga por ti? —preguntó, con una voz cargada de una sensualidad que lo sorprendió.

Víctor tragó saliva. Sentía que el corazón le iba a reventar contra las costillas al ver a su esposa, la "mujer recatada", dispuesta a darle placer.

—Quiero que uses tu boca —ordenó él, con un gruñido bajo—. Quiero una mamada.

Amanda no aguantó dos pedidas.

El atrevimiento la tenía saturada. Aunque la inexperiencia la hizo dudar una fracción de segundo, el fuego del momento y la desesperación por complacer al hombre que la estaba haciendo sentir tan viva fueron suficientes.

Se posicionó sobre sus rodillas en medio de la cama y tomó su polla entre sus manos suaves.

No era ninguna experta, jamás había hecho algo así, no conocía las técnicas de las mujeres con las que él solía acostarse, pero la calidez de su boca, su entrega y la pasión desbordante que le ponía a cada movimiento, a cada roce de su lengua, convirtieron el acto en la gloria misma.

Lo hizo tan rico, que Víctor sintió que el mundo entero se le desdibujaba. Los músculos de sus muslos se tensaron al máximo, sus manos se enredaron en el cabello de Amanda y su respiración se volvió un caos.

—Wao, Amanda... —jadeó él, perdiendo el control por completo.

Víctor la levantó por la cintura con un movimiento rápido y rudo, desesperado por volver a entrar en ella. Estaba al límite.

Quería, necesitaba acabar dentro de ella, sentirla latir a su alrededor y fundirse con su calor de una forma que la atara a él para siempre.

Mientras la penetraba con estocadas finales y profundas, aferrándose a sus caderas como si le fuera la vida en ello, un pensamiento lo atormentó golpeándole el ego con brutalidad: Amanda era la amante perfecta.

Era exactamente todo lo que él siempre había deseado en la intimidad, una mujer ardiente, sin reservas y sumamente sensual, escondida bajo aburridos trajes de marca.

¿Cómo demonios había perdido tanto tiempo ignorándola? ¿Cómo pudo dejarla marchitarse mientras buscaba afuera lo que siempre tuvo en casa?

El clímax los arrastró a los dos al mismo tiempo, como una explosión. Les arrancó gritos ahogados en la oscuridad de la habitación.

Víctor colapsó a su lado, atrayéndola hacia su pecho empapado en sudor, con la respiración subiendo y bajando bruscamente.

Cerró los ojos con fuerza y trató de calmar su mente, de levantar de nuevo sus inquebrantables muros de hielo.

Se repitió a sí mismo, como un mantra desesperado en medio de la noche, que todo esto era solo sexo.

Que él seguía sin amarla.

Que su matrimonio seguía siendo un negocio conveniente y que la locura que sentía latiendo en sus venas era solo deseo carnal, nada más que un fuerte deseo por una mujer hermosa.

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Diana C. AcostaBueno, ¿ahora quién aguanta este tipo? Ya se la furuló. Ahora la va a controlar más Y engañándola, de paso. El peor castigo para él es que se enamore como un perro y que se arrastre hasta el infinito.
AmaranthaxCarlos Carlos Carlos, así se llama mi esposo
AmaranthaxAmanda te fuiste de bruces
AmaranthaxUpa cachete me cae mejor el disfraz jajaja
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