Después del incidente con la pasta, que Sofía disimuló incorporando más fideos a la olla y otro tarro de pomodoros en lo poco que Valeria dejó de salsa, los tres amigos pudieron por fin almorzar, pero no pasó mucho para que los pequeñines que crecían en la pancita de Valeria hicieran de las suyas y dejaran a su pobre madre expuesta, de nuevo, a la vergüenza.
—¿Si te serví cerdo? —preguntó Sofía cuando vio el plato vacío de Valeria, a solo dos minutos de que se hubieran sentado.
—Oh, sí, estaba