Después de un largo y pausado suspiro, Valeria se levantó de su cubículo y siguió a Magda, tres pasos detrás de ella, hasta la seguridad de su oficina.
—Sigue, Valeria. Siéntate, por favor —dijo Magda, que tenía una oficina amplia y bonita, con bastantes toques femeninos, como un lindo arreglo de flores artificiales, pero en nada comparable con la imponente oficina de Franco— Mi secretaria me envió un mensaje, avisando que habías pasado.
—Así es, sí señora —contestó Valeria luego de sentarse e