—Esto… no está tan mal.
Él rió suavemente, su pecho vibrando contra el mío.
—No, no lo está.
La música seguía envolviendo el ambiente mientras bailábamos, pero sentía que estaba en un mundo aparte, solo con Sebastiano. Su mano en mi cintura era firme, pero sus movimientos reflejaban una suavidad que pocas veces veía en él. Nadie se atrevía a interrumpirnos, y aunque notaba las miradas de algunos invitados, me sentía protegida bajo la mirada intensa de Sebastiano.
—¿Cansada? —murmuró cerca de mi