CAPÍTULO 42

POV SEBASTIANO

Cada golpe que propinaba al saco de boxeo resonaba en el gimnasio privado como un tambor de guerra. La fuerza con la que mis puños impactaban el cuero era casi inhumana, pero no lo suficiente para drenar la ira que me consumía. Cada golpe que lanzaba no solo llevaba mi ira, sino también mi desprecio hacia Umberto, mi hermanastro, la rata más miserable que había conocido en mi vida. Nunca hubo amor entre nosotros, pero ahora, ni siquiera quedaba una pizca de tolerancia.

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