Ella seguía sin mirarme, mordiéndose el labio como si quisiera tragarse su confesión.
—Mírame. —Le ordené, mi voz más baja pero firme, y cuando finalmente levantó la vista, vi la mezcla de miedo y nerviosismo en sus ojos—. ¿Por qué no me dijiste antes? Me mentiste.
—Pensé que no importaría… —balbuceó, su voz temblorosa.
—¿No importaría? —Me reí, una risa seca y sin humor—. Maldita sea, claro que importa. Me importa porque no quiero hacer nada que no estés lista para hacer.
Ella abrió la boca p