Capítulo 27 ¡No te marcharás!
Al día siguiente, al recordar lo sucedido, Samantha se ruborizó de la vergüenza. Los rayos del sol se colaban por la ventana, iluminando su rostro.
Escuchó que tocaban la puerta de la habitación y abrió, dejando pasar a la anciana niñera.
—Buen día, mi bella señorita —dijo la anciana, observando a Samantha con una mirada cálida y comprensiva. Su voz suave y cariñosa la llenó de ternura.
— ¡Antonina! ¡Lo lamento! ¡Hice el ridículo! ¡La mortifiqué! ¡Qué vergüenza! Yo