Liya abrió su portal, maldiciéndose a sí misma. Obviamente, no se le perdonó ninguna salida sin que se perdiera y tuviera que tomarse una buena hora para encontrar el camino de regreso. Al ver con horror que el sol se había puesto, Liya se apresuró a agarrar su canasta llena y subió los escalones de la entrada con la energía de la desesperación. Olía a tierra húmeda, sus zapatos eran buenos para el vertedero de la basura, como para su tapete meticulosamente trenzado... Liya tomó la decisión de