Albert sostenía la mano de Leonor, estaban en el consultorio de la ginecóloga, sus ojos se encontraron fijamente.
—¿Estás bien?
—Tengo miedo —dijo Leonor hundiendo su mirada, él levantó su barbilla con su mano, observó sus ojos, sonrió al reflejarse en ellos.
—No hay nada que temer, no estás sola, nunca más lo estarás, me quedaré contigo y con mi hijo. ¿Sabes? Yo también tengo miedo.
Ella le miró con duda.
—¿Tú tienes miedo? ¡Imposible!
Él esbozó una sonrisa ligera.
—¿Por qué lo dudas? De