(Narrado por Iker Moretti)
El rugido del motor de mi deportivo negro contra el asfalto mojado de la autopista a Turín era lo único que lograba acallar el ensordecedor silencio que se había instalado en el habitáculo. Conducía con una fijeza asesina, con los nudillos de ambas manos apretados contra el cuero del volante hasta que la piel se me ponía blanca y las articulaciones me crujían. A mi lado, Gabriella permanecía encogida contra la puerta, con la mirada de porcelana completamente perdida e