Nos separamos de ese abrazo tan fuerte y ansioso en cuanto nuestro llanto incontrolable cesó. Mi bello hijo tenía sus ojos rojizos y muy hinchados mientras su cuerpo temblaba con ligereza tras el reciente desahogo. Nos sentamos uno al lado del otro en el sofá sin soltarnos y, después de un largo silencio, él decidió romperlo:
—¿Por qué? —fue lo que preguntó, volviendo sus ojos a llenarse de lágrimas.
—No lo sé, mi amor. Yo también quisiera entender muchas cosas, pero nadie puede darnos una resp