El doctor se quitó el gorro quirúrgico con lentitud, como si ese gesto mínimo pesara toneladas.
El látex húmedo se pegó a su frente al despegarlo. Tenía el rostro demacrado, los ojos hundidos, y el sudor le caía por las sienes, mezclándose con el cansancio de una batalla que no había terminado.
Miró a Eric directamente a los ojos.
No desvió la mirada.
No la maquilló.
Y en ese segundo exacto, antes de que pronunciara una sola palabra, Eric supo que algo se había roto.
El corazón le dio un vuelco