Íbamos a tener una niña. Una hija. Y Noah lloró.
Pero antes de ese momento —antes del confeti, las lágrimas y la sensación abrumadora de que todo estaba bien— estuvo la mañana siguiente al primer beso.
Desperté enredada en las sábanas de Noah. Su brazo pesaba sobre mi cintura y mi espalda estaba presionada contra su pecho. La luz de la mañana entraba por los ventanales del penthouse, tiñendo la habitación de dorado. Me quedé quieta, escuchando su respiración, temerosa de que si me movía, desper