Escucharla llorar por teléfono hizo que algo dentro de mí se rompiera.
No fue un enojo racional. No fue la furia fría y calculadora que usaba en las salas de juntas para destruir a mis competidores. Era un instinto primitivo. Era un rugido de sangre en mis oídos que ahogaba el ruido de la ciudad bajo mi terraza.
—Se los dije —se había ahogado ella.
Y luego me dijo lo que le habían respondido. Que era una vergüenza. Que debía esconderse en Connecticut. Que debía renunciar a su trabajo.
Nadie hac