El silencio que cayó sobre la habitación fue tan denso y helado que pareció sofocar las últimas brasas de calor que quedaban en el aire.
Sentí cómo cada músculo del cuerpo de Magnus se volvía rígido contra el mío, transformándose en una masa de piedra indestructible.
Su mano, que hasta hacía un segundo acariciaba mi cabello húmedo con una ternura casi devota, se congeló por completo en la coronilla.
Mi corazón comenzó a martillar contra mis costillas a una velocidad frenética, amenazando con