—¡Tú, tú estabas en el coche antes! ¡Ah! —Hadya estaba aterrorizada, ni siquiera se atrevía a abrir los ojos para mirar abajo.
Al asomarse y ver, rápidamente cerró los ojos y murmuró: —¿No dijiste que no forzarías a nadie? ¿Cómo es que no cumples lo que dices...? ¡Ay!
—¡Ay, Mariana! ¡Tengo problemas de corazón, por favor, no me hagas esto!
Hadya mostraba una actitud más dócil, claramente suplicando clemencia.
Mariana la observaba en silencio, atenta a cada uno de sus movimientos, como si estuvie