Los ojos de Walter se humedecieron involuntariamente; quería extender la mano y tomar la de Mariana, pero no tenía valor.
Mariana lo miró a los ojos, sintiendo la calidez de su cuerpo, y su corazón se agitó.
Vio cómo él la miraba con resignación, incluso con una ligera bruma en la mirada. Movió los labios y, con voz débil y vulnerable, preguntó: —Mariana, ¿de verdad me odias tanto?
Su tono era suave, casi frágil.
Frente a su súplica, Mariana solo pudo soltar una risa fría, respondiendo con firme