Mariana fue la última en abordar el crucero.
Al entrar, se dio cuenta de que el interior era aún más imponente de lo que había imaginado desde fuera.
Nada más pasar, se encontró con un lujoso vestíbulo totalmente automatizado. Parecía que hubieran traído a todas las bellas señoritas de Yacuanagua a este lugar. Había dos hileras de jóvenes uniformadas que resultaban difíciles de ignorar.
Mariana entregó su invitación al encargado, quien hizo una leve inclinación de cabeza. —Bienvenida, señorita C