Después de que Scarlett saliera de la habitación, los dos hombres se miraron fijamente durante largo tiempo. Al final, Silco dejó escapar una ligera risa para romper el silencio.
—Tienes agallas, chico —dijo mientras sacaba una silla y apoyaba su bastón contra la cama, manteniéndolo inmóvil con la punta de sus relucientes zapatos.
—No eres precisamente intimidante —replicó Sebastián.
Silco rio, pero sus ojos estaban fríos como el hielo:
—¿Porque no dejé que te golpearan hasta la muerte? Admito q