No dormí en toda la noche. Me dediqué a empacar, porque mantenerme ocupado era la única manera de no pensar en el dolor y el vacío que sentía en el pecho.
Casi al amanecer, saqué del cuarto de almacenamiento el equipo fotográfico que llevaba años juntando polvo. Cargué la batería de la cámara y, cuando estuvo lista, presioné el botón de encendido. La pantalla se iluminó.
Sentí un nudo en la garganta. Por suerte, seguía funcionando. Todavía estaba a tiempo.
Más tarde, ya entrada la mañana, volví a la sala con la cámara entre los brazos. Entonces sonó el teléfono. Era el agente inmobiliario.
—Señor Salazar, ya hablé con el propietario de la casa que usted y su esposa visitaron la semana pasada. Si todo está bien, podemos firmar el contrato el próximo fin de semana.
Me quedé quieto un instante. Casi lo había olvidado.
Mónica había recibido un ascenso y un aumento de sueldo. Decía que la casa se nos había quedado pequeña y quería una más grande.
La idea había sido suya, pero yo me encargué de todo: visitar las casas, elegirlas, hablar con el agente, comparar la distribución de los espacios y calcular el crédito hipotecario.
Ella solo me acompañó una vez. Aquel día, la llevé entusiasmado a ver el que sería nuestro dormitorio y le pregunté qué estilo de decoración prefería.
Sin apartar la vista del teléfono, respondió distraída:
—Elige tú.
Vi claramente que estaba conversando con Adrián por WhatsApp. Ni siquiera habíamos terminado de recorrer la casa cuando él la llamó y ella se fue.
Al recordarlo, le dije al agente con calma:
—Ya no quiero esa casa.
—¿Cómo? ¿Por qué? Su esposa parecía muy conforme.
Miré la cámara que tenía en las manos y solté una pequeña risa.
—Porque nos vamos a divorciar.
El silencio fue inmediato. Colgué.
Cuando terminé de empacar, ya era mediodía. Tomé el acuerdo de divorcio y conduje hasta el hospital.
La decisión de poner fin a cinco años de matrimonio cabía en unas pocas hojas. En mis manos pesaban tan poco que resultaba ridículo.
Era la hora del descanso y supuse que Mónica estaría en su oficina, así que fui directamente a tocar la puerta. Quien abrió fue Adrián.
Una expresión de sorpresa le cruzó el rostro.
—¿Diego?
Intenté mirar hacia dentro para encontrar a Mónica, pero él se movió y me tapó la vista.
—Anoche terminó agotada y pasó toda la mañana atendiendo consultas. Acaba de quedarse dormida —dijo en voz baja—. ¿Qué necesitas?
Lo observé. Tenía el cabello un poco revuelto y la ropa arrugada.
Me invadió una náusea repentina. Apreté el sobre que llevaba en las manos y me obligué a apartar la mirada.
—Que me firme unos documentos.
Adrián miró el sobre y sonrió.
—Está muy cansada. Por fin pudo dormir un poco y no conviene despertarla. Déjamelos; se los doy cuando despierte.
Iba a negarme, pero lo pensé mejor: no quería ver a Mónica ni un segundo más. Le entregué los documentos.
—Gracias.
Me di la vuelta y me fui. No podía dejar de repasar lo que acababa de ver: él estaba en su oficina y parecía haber estado descansando con ella. Se movía con tanta naturalidad, con tanta confianza, como si fuera lo más normal del mundo.
Las náuseas empeoraron. Entré corriendo al baño y me incliné sobre el lavabo. Tuve arcadas durante un buen rato, pero no salió nada.
Me lavé la cara con agua fría. Apenas salí del baño, un dolor agudo me retorció el abdomen. Todo se oscureció y caí al suelo.
Cuando desperté, el olor a desinfectante me llenaba la nariz. La enfermera suspiró al ver que abría los ojos.
—Señor, por fin despertó.
Me incorporé, todavía mareado.
—¿Qué me pasó?
Me entregó los resultados de los estudios con expresión seria.
—Tiene una infección posoperatoria relacionada con la vasectomía. Es usted muy joven. ¿Por qué se hizo esa operación?