Vinieron a buscarme al amanecer.
No con armas.
No con amenazas.
Pero con papeleo.
Así fue como supe que pensaban que aún podían ganar.
Ya estaba despierta, sentada en la habitación de los niños con Amelia acunada contra mi pecho, observando la pálida luz que se filtraba a través de las cortinas. Había estado inquieta la mayor parte de la noche: pequeños movimientos, ruidos suaves, como si sintiera la tensión en el aire incluso antes de que llegara a las paredes.
El golpe fue suave.
Demas