Aprendí muy rápidamente que la libertad tiene un sonido.
Es sutil, casi decepcionante, en realidad. Sin fanfarrias dramáticas. No hay puertas que se abran. Solo el suave clic de una puerta al abrirse y la ausencia de alguien detrás de ti, observando cada uno de tus movimientos.
Esa mañana, cuando salí del dormitorio sin pedir permiso, nadie me detuvo.
Sin guardia.
Sin asistente.
Ninguna voz en mi oído me recuerda los límites.
Me quedé en el pasillo durante un largo momento, casi esperando