Capítulo 40

El suelo tembló bajo los pasos del Guardián. Cada movimiento hacía crujir los árboles como ramas secas, y las cadenas arrastraban un sonido metálico que erizaba la piel.

Ian se interpuso de inmediato, la espada en alto, pero Leonardo levantó la voz con desesperación:

—¡No! Ese monstruo no es un soldado. Está hecho para aniquilar clanes enteros. ¡Ni siquiera tú, Ian, puedes enfrentarlo solo!

El Guardián rugió, y en sus ojos vacíos brilló el mismo resplandor carmesí de la luna. Alzó la maza y la
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