CAPÍTULO LXI. COMO UNA LIBÉLULA
Anissa
El dolor me recorría de pies a cabeza.
Las heridas eran profundas, desgarrando mucho más que mi piel y robándome cada vez un poco más de vida en cada aliento.
La figura de Declan frente a mí habría aterrado a cualquiera. Sus ojos carmesíes parecían inyectados de sangre, o, tal vez, sedientos de ella. Estaba hambriento, ansioso, delirante, por dar la estocada final y ser él quien, con sus propias manos, acabara con mi vida.
Él sabía que bien podía permitir