Capítulo 1

- ... Y por esa razón este reinado no puede continuar... - Dijo Sir. Antonio ante los llamados concejo monárquico. Todos convocados a una de las reuniones más controversiales del pequeño reino del Este. Yo estaba sentada ahí junto a ellos con una expresión ambigua que demostraba enojo y confusión. 

- Pero mi señor - Hizo una pausa pensando si sus comentarios serían escuchados. - ¿Cómo sabemos que ese pergamino encontrado en el Norte es real? Y aquella historia... - Un hombre sentado al frente de mi dijo estas palabras, me miró y bajó su mirada al piso. - Había un poco de compasión en su mirada y pude reconfortarme gracias a ella. Miré al hombre intensamente mientras mis labios temblaban y pronto me di cuenta que en sus ojos había solamente compasión barata. 

- Aquí mismo el bibliotecario Martín podría explicarlo mejor. - un hombre de mediana edad se levantó de uno de los asientos de atrás y caminó lentamente para acercarse a el juez. Martín, un hombre que entraba en las personas  que más apreciaba en mi vida en el Palacio, pero hoy se paraba contra mi. 

- Acaso un bibliotecario y un Sir ¿Quieren derrocarme? - Pregunté con una sonrisa burlona despreciándolos, pero el nudo en mi garganta se intensificaba al ver la mirada vacía que me daba este hombre -Esto es inaceptable. ¿Por qué deberíamos oírlos? ¡Están profanando el legado real!-  Reclamé sintiendo la impotencia apoderándose de mi. 

- Guarda silencio - dijo una voz que no distingui en medio de otras más. Sentí una punzada en el corazón como una daga envenenada que hizo que mis ojos se abrieran y tuve la sensación de un hueco en el pecho. 

Martín tomó asiento en frente mirándome superiormente, sus piernas estaban cruzadas y sus manos entrelazadas encima de la mesa. 

Fruncí el seño y alcé el mentón confiada poniéndome de la misma manera que él. 

- Este pergamino habla sobre una mujer que traería paz y alegría al reino del- Tomó una pausa - Es un pergamino inconcluso faltan más partes. Pero hace unas dos o tres décadas en el Reino del Centro como los más antiguos líderes de estas tierras saben hubo una guerra. 

Sir. Antonio tragó saliva negando para que así dejará de hablar. 

- Bueno quiero llegar al punto mi señoría que el Reino Del Centro demostró que aquella niña no era más que una amenaza. ¡Trajo hambrunas, pestes, temblores! ¡Fue una maldición! Y se confirma que aquella niña reencarno en nada más que nuestra princesa ¡Elizabeth!.

Las voces se levantaron y el juez golpeó con su martillo varias veces callándolos. 

- El pergamino ahora mismo no está en nuestras manos porque no es de nuestra propiedad, pero yo con mis propios ojos pude verlo hace unos días así que le creo. 

- Déjeme verlo! Puede ser que no lo interpretaron bien, yo tuve una de las mejores educaciones por lo que no sería difi- 

Su cara. 

Estaba vacía, no había dolor, no había compasión. Si yo hablaba una palabra más quizás no tendría oportunidad de defenderme posteriormente. Aquella cara me recalcó lo insignificante y fea que era mi voz en aquel lugar rodeado de hombres, me recalcó mi lugar como una bofetada. No era como la que me veía jugar en el columpio, aquel hombre que estaba decidiendo mi futuro me había visto crecer ¿Por qué te olvidas de mi en mi momento más difícil? 

- Traigan la carta del rey difunto. 

- Descanse en paz! - dijeron todos al unísono. 

Un hombre  desconocido  se paró a un lado del tribunal y con un asentamiento de cabeza de el juez habló sin despegar sus ojos del papel de sus manos. -  "Desde lo más profundo de mi corazón, como rey por más de 15 años de este precioso reino, escribo con temblor en mi mano  sabiendo que mis días están cerca y el nuevo coronamiento de nuestra princesa de sangre real se acerca. Me atrevo a decir que no deseo que mi sobrina ponga un pie en el trono, ni su respiro llegue a él, por cuánto por mi labor espero y aspiro que las pruebas harán que mi precipitado comentario se entienda, que la Reencarnada de una maldición no puede llegar a ser reina."  - Apreté los dientes recordando tal escándalo - así lo dice más claro. Como ya sabemos  la heredera del reino legítimamente es Elizabeth porque es hija del primer hijo, pero al morir su alteza,  Elizabeth era muy pequeña para tener el Reino así que se lo dio a su hermano hasta que Elizabeth cumpliese la edad de veinticinco, pero nuestro rey murió antes... - agachó su cabeza...- ¡El rey escribió estas palabras por un motivo! 

Buya y más buya retumbando mis oídos.  "Reencarnada de una maldicion" " sea nuestra reina" me lo repetí más de dos veces analizándolo ¿Cuándo había pasado esto? ¿Ayer mismo todo estaba perfecto? 

- Silencio! - dijo otra voz. - Tenemos claro algo, Elizabeth no puede ser reina. 

Lo Miré atónita ¿Qué había dicho? ¡¿En serio le creerán!? ¡Toda mi vida me habían preparado para esto! ¡Y ahora... Me van a botar! 

- ¡¿Que!? ¡Esto es inaudito! - dije con una sonrisa nerviosa y enojada. Sentí la sangre helada a tal mención.

¿Cómo es que pueden creerle? ¡Es un estafador! Ni siquiera tiene un título alto.. 

- Señor... - dijo otra voz- Creo que deberíamos botarla... ¿Y si trae consigo a una catástrofe? ¡¿Qué haremos!? ¡No estamos preparados! 

- Esta decidido... - dijo la voz principal, el juez... 

...

- Mamá! Mamá! Mira. - dijo aquel niño señalándome. 

- Agradece que tenemos hospitalidad.- dijo Sir. Antonio a mi oído para así ordenar que se me botase.

Con los ojos entumecidos en lágrimas, los ojos rojos, un vestido sucio por la tierra que allí asomaba ¡¿En serio pensaban que yo era un peligro!? Me habían criado para ser una princesa delicada y hermosa ¿Qué podría hacer una inútil como yo? Por lo menor casenme con un feo hombre de sesenta años. 

Todos miraban a aquella mujer con ropas finas, con su cabello castaño arreglado... pero tirada en el suelo como un trapo que ya no se utiliza para fregar el piso ¿Yo valía eso? 

- ¿Acaso esa no es la reina?- dijo una voz entre muchas más.

Quien iba a creer que la más limpia, la más reluciente, confiada, valiente... su reina estaría así llorando en la calle. 

Era realmente lamentable.

........................

Ya habían pasado horas y la gente había cambiado de una mirada triste por su reina a una de asco y repugnancia, yo era esa maldición.

- Mi reina - dijo una voz lejana. - Mi reina? - se acercó y topo mi brazo el cual aleje asustada. 

- ¡No me toques con tus manos sucias! - Crispé todo mi cuerpo al sentir las manos cayosas, pensé que era un caballero  pero en cambio era una mujer anciana ligeramente encorvada a mi. Su cara parecía amable, pero al ver mi reacción quiso alejarse. 

- Y-yo-yo l-lo siento, no no quise.. yo ... - mi respiración comenzó a agitarse. ¿Ahora también soy un ogro? Mis ojos enrojecidos comenzaban a dar nuevas lágrimas y con cada una sentía que mis ojos se saldrían. 

- Mi reina venga conmigo yo la ayudaré... -  aquella mujer de unos cuarenta años extendiendo su mano. ¿Acaso estoy llegando a un estado tan lamentable?. Sus manos me llevaron casi cargando mi estropeado cuerpo maldito y subiendo una pequeña colina allí había como una casa primaveral y  diminuta.

- Mi reina, sé que no es un Palacio, pero es todo lo que le puedo dar mi señora.

No despegue mi mirada de mis zapatos, me sentía tan humillada al aceptar hospitalidad de una simple campesina. No tenía padres, No tenía amigos ... ¡No tenía un maldito Palacio! ¿Acaso podría desperdiciar la oportunidad de dormir segura? Esto era mejor que dormir en la calle supongo.

- Gracias - dije en un susurro que se escuchó más como un lamento o un ronroneo y así en un lugar seguro, tomando una tasa de té caliente me desmoroné, lloré en silencio, sentía como si mi corazón se saldría en cualquier momento. La mujer abrió su boca para decir algo pero la cerró rápidamente y me dejó allí en el piso mientras sus ojos se volvían locos en sus órbitas.

No había dicho nada desde que me había llevado a su casa. No tenía los ánimos ni siquiera de hablar, me sentía tan sucia... si! Así debería sentirme, ni siquiera tengo el honor de llamarme campesina, tengo una maldición en mi cuerpo. ¿Acaso hice algo malo para merecerlo?.

- Mi reina - Dijo con la voz temblorosa- puede dormir en aquella habitación.. lo la- 

- No tienes porque llamarme reina- dije alfin. - Yo ahora sólo soy una escoria. - nos miramos un largo tiempo sin decir nada. Tomé una gran bocanada de aire y miré al piso diciendo. - Gracias. 

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