Me desperté en medio de la madrugada, ahogada en lágrimas como ha sido habitual en el último mes. Gabriel, mi fiel apoyo, rodeó mi cintura con sus brazos y comenzó a frotar mi espalda, intentando calmar mis sollozos.
—¡Ya pasó, Alba! —susurró, con voz suave y reconfortante.
—No entiendo, ¿por qué no puedo recordar? —murmuré entre sollozos.
—Ya lo harás —me aseguró, depositando un beso en mi mejilla.
—Perdón por despertarte —me disculpé, sintiendo un nudo en la garganta.
Él respondió c