— ¡Fernando! ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¡Es tu hijo! ¡Tu propia sangre, y me pides que lo aborte!
Fernando levantó la mirada sin expresión, frío como una máquina sin sentimientos.
— Para ser precisos, aún no es un niño, no tiene ni un mes, solo es un grupo de células.
Sus delgados labios pronunciaron esas crueles palabras.
— ¿Células?
Carolina no esperaba tal crueldad. Negando con la cabeza, retrocedió paso a paso: — Fernando, es tu hijo, ¿cómo puedes decir eso?
— ¿Hijo? ¿Qué hijo?