Capítulo 22.

La rubia tan solo había aguardado a que su progenitor situara un solo pie fuera de su casa y había emprendido a colocarse el fastuoso vestido, la tela de la prenda se aclimató a ella como si fuese una segunda piel, lograba resaltar sus casi imperceptibles curvas y formaba contraste con su tono de piel, tan blanco como el jade; sus pequeños y delicados pies revestidos por aquellos tacones melindrosos y minúsculos parecían ser los de
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