Verónica seguía callada.
Deseaba poder darle un abrazo, pero no quería perturbar su línea de pensamiento. Ella personalmente me había pedido que fuera con ella.
“No necesito que hagas nada”, había dicho entonces. Tenía los ojos bajos, como si le avergonzara pedir ayuda. “Pero me sentiré mejor saber que estás ahí, apoyándome”.
“Siempre te estaré apoyando”, había dicho, pensando en lo que pasaría cuando terminara la competencia y todos tomáramos caminos separados.
Venir aquí esta noche