El hecho era que, por el motivo que fuera, todavía no había revelado mi secreto. Si siguiera su juego, tal vez él continuaría manteniéndolo oculto.
Presioné mi mano en su codo y lo acerqué más a la puerta, más lejos de Elva. No quería que ella supiera la verdad todavía. Tendríamos nuestra propia conversación con el tiempo, cuando ella tuviera edad suficiente para entender.
En voz baja, por si acaso, le confesé: “Elva no es mía”.
La sonrisa perfecta de Julián finalmente se resquebrajó. S