Capítulo 5
Le extendí el acuerdo de divorcio diciendo en voz baja: —Estoy harta, mejor divorciémonos.

—¿En serio? —Preguntó. Detrás de su mirada fría y calculadora brilló una risa siniestra.

—Claro...

Tomó la pluma con desprecio y dijo con tono despreocupado:

—Encantado, por mí perfecto. Pero no vengas después a llorar a mi casa todos los días, que me tienes harto.

—Te prometo que no. —Sonreí.

Sin decir una palabra, Gabriel tomó el bolígrafo y firmó.

Tinta negra sobre blanco. Decisión tomada.

—¡Espera!

No
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