Nada más entrar en el retrete, me miré en el espejo. Mi cara seguía muy roja y el carmín había desaparecido de mis labios. Estaba pálida... Y nostálgica. Quizá no tenía nada más que hacer en el País del Mar. Podía firmar un acuerdo con el rey Colton para importar marisco de su país, sin tener que casarme con uno de sus hijos para sellarlo. De hecho, tanto el rey como la reina contaban con toda mi simpatía.
Respiré hondo, intentando no llorar. Me enjugué los ojos, tratando de confundirlos. Como